.google.
Intenté no evidenciarme, que nadie notara que mis ojos no podían dejar de mirarla. Sabía que podría hacerlo. Yo siempre tan discreta, tan prudente. Ella al lado de mí, regalándome de vez en vez una mirada y una sonrisa. No sé cómo mi mano entrelazada en la suya. Y en la primera oportunidad sin nadie alrededor, me besa. Me sorprendo y correspondo. Sonrío para mis adentros y lo disfruto. Una hora después, más besos, más abrazos, caricias y palabras. No puedo dejar de verla, no puedo dejar de estar encantada por esos ojos verdes que me miran con tantas ganas. No puedo evitar sentir lo que siento, ni quiero. Sus palabras en mi oído, su respiración y su risa. Me llena de placer y no sé qué es más placentero, si el placer que me da con sus ganas de mí o el hecho de que sea Ella. Ella, esa mujer que me robó el aliento desde la primera vez que la vi.
Horas después todo se obscurece. Me regala su ausencia sin proponérmela. Me deja sola y sin saberlo me lleva con Ella. No me deja nada para mí. Los minutos se vuelven horas y éstas se burlan de mí deteniéndose en el tiempo. Mi sonrisa no aparece, también se fue con Ella. No quepo en ningún lugar, me baño, me visto y escapo en mi auto. Han pasado apenas dos horas desde el aviso de su ausencia. No puedo hablarlo. No puedo contarlo. No puedo decirlo. Me bebo tres cervezas, me muero de frío y de desesperación. Pero entera, con la mueca que pretende ser una sonrisa. La misma gente de siempre, todas sonrientes y yo sumida en una tristeza irreparable. Miro el reloj, han pasado apenas siete horas desde el anuncio de su ausencia. Mientras todas se divierten yo sólo puedo pensar: ¡y lo que me espera!
Una semana de silencio absoluto; una semana de 72 horas por día; una semana de aprender a vivir su ausencia como si fuera su presencia. Una semana de esperar un mensaje que no llega. Ha pasado exactamente una semana, me miro al espejo, me encuentro medianamente bonita, lista para irme a “divertir”. Todos mis pensamientos siguen en Ella, escucho una canción y canto mientras pienso en Ella, me interrumpe el vibrar de mi teléfono, lo reviso dando por hecho que es la hora de mi partida y el mundo se me detiene cuando veo su nombre aparecer en mi buzón de entrada de mensajes. No quiero abrirlo. No quiero leerlo. Tal vez ha tomado su decisión final y no quiere verme más. Dos minutos y mi mirada congelada en ese mensaje entrante. Me tiembla la mano, me atrevo y apachurro el botón que lo abrirá; sólo dos palabras, esas dos palabras que me devolvieron la sonrisa; dos palabras que me nublaron la vista, que anegaron mis oscuros ojos: Te extraño.
Y la vida vuelve a tomar forma y movimiento. Como si todo hubiera estado en pausa permanente por espacio de una semana. La gente vuelve a ser agradable y amena. Las risas vuelven a brotar de manera natural, todo a mi alrededor se torna armonioso y bello. Ella me hace ser feliz.
La vuelvo a ver y redescubro que esto me supera. Siento lo que siento y no puedo dejar de sentirlo. Sí, la quiero, sin ninguna condición. Solamente sé que la quiero, ¡y de qué manera! Sé que Ella siente igual. Hay sentimientos que no son unidireccionales y éste es uno de esos. Su mirada se estrella en la mía. Y sabemos lo que va a suceder. Y queremos que suceda. Me fundo en sus labios y me puedo quedar a vivir ahí. Me estremece la piel sentirla cerca, me seduce su voz, su peculiar manera de observarme, su aliento en mi cuello. Y todas nuestras confesiones.
Al día siguiente el temor me invade, no sé cuál será su reacción, que nuevas decisiones tomará; no sé si me regalará otra vez su ausencia, esa maldita ausencia que no me viene nada bien. Todo parece seguir igual. Suelto el cuerpo y no puedo evitar sonreír, su aroma me invade y me embriaga. No puedo tenerla lejos, su celular lleno de mis mensajes, el mío de los de Ella. Tres días después me rapta. Me coquetea con la mirada, me guiña el ojo, me sonríe, me manda besos, me intimida con sus mensajes, me dispara la adrenalina y lo único que quisiera es parar al mundo, acallar a la gente que estorba y besarla. Deseo cumplido horas después. Descargas de electricidad recorren todo mi cuerpo cuando sus labios se acercan a los míos. Cuando la pasión la invade y me convierto en el objeto de su deseo. Sus manos rodeando mi cintura, su boca divirtiéndose en la mía descansando sólo para decirme palabras que me hacen sonreír.
Sí, esto me supera y no lo quiero evitar.


