En tiempos de la Revolución Francesa los ataques sanguinarios se daban al por mayor, cualquier comentario o acción eran pretextos perfectos para guillotinar efusivamente y sin piedad.
Una asesina en serie hizo entonces su aparición: Madame Elle, vestida como dictan las tendencias de la moda de aquellas épocas, enfundada en vestido verde olivo, de tafeta, esponjado; con adornos de encaje en puños y escote; peluca de caireles plateados como la luna; camafeo atado a su cuello con cinta de seda, ojos de esmeralda y sonrisa maquiavélica, planeaba cuidadosamente quiénes serían sus presas.
Sabiendo de antemano que no podría sola con su proyecto mutilador de cabezas, solicitó la ayuda de su aprendiz Cécile, siempre dispuesta a colaborar en sus más perversos planes. Juntas armaron la logística, seleccionaron a los candidatos idóneos a través de su comportamiento, su color de piel, su belleza – o falta de tal-, su olor… lo insignificante de su presencia.
Salieron a oscuras, seguidas solamente por las frágiles sombras de los pequeños destellos de luz que los candelabros arrojaban a su paso. Se dirigieron a la morada de Simone Cittlé. Robusta mujer de profundos ojos y amable sonrisa. Resguardando en sus bondades la oscuridad de su alma. Atenta siempre a las necesidades de los otros sólo en pro de sus mejores intereses: los negros secretos de los demás.
Simone Cittlé había dado muchos motivos para morir -en vida- de una manera tan cruel. Había gastado su tiempo inventado historias, viviendo vidas ajenas, regocijándose del dolor de los demás. Pero siempre, eso sí, siempre con sus dientes blancos como escaparate de su enorme sonrisa. La aparente buena mujer las invitó a pasar a su humilde hogar formado de tablas roñosas de madera; se oía el arder de la leña en un brasero haciendo las veces de calefacción; entre penumbras se distinguía una mesa robusta –como la dueña- con una botella de vino y tres sillas desacomodadas.
Después de un par de copas de licor, los destellantes y multicolores ojos de Madame Elle se cruzaron con los negros de Cécile, sin decir palabra el mensaje había sido transmitido. Debajo de las abundantes capas de crinolina de su vestido, Cécile sacó un saco de manta sucia y raída, con toda la alevosía lo enfundó en las gelatinosas carnes de Simone. Las carcajadas de Madame se escucharon en todas las malolientes calles de Paris. Semejante estruendo provocó que los pequeños hijos de Simone y su hermana Jeanne du Sovoir, enferma de tuberculosis, despertaran. Como pudieron lograron vencer los forcejeos de Simone, cerraron el enorme costal y se fueron a golpes contra ella exigiéndole silencio. De pronto todo quedó en quietud aunque ocasionalmente se oían los leves sollozos de la mujer herida. Tres pares de ojos las observaban desde el rellano de la puerta contigua que daba a la habitación principal, mismos que se desencajaron de sus cuencas al ver acercarse las largas sombras imponentes directas a ellos. Sin decir palabra, una adulta y dos infantes dejaron amarrarse las manos por detrás y sigilosamente se metieron a su respectivo costal.
El sudor empezó a correr por el cuello de ambas perversas mujeres, las pelucas despeinadas y los pliegues de los inmensos vestidos manchados por los restos del vino escurrido en la mesa por el forcejeo. Con gran esfuerzo llevaron los cuerpos ahora inmóviles a la carreta que resguardaba en la entrada. El galopeo del caballo era el único sonido. Las mujeres con las muecas sonrientes tatuadas en su rostro. Sabían lo que harían y desesperaban por hacerlo.
El calabozo era un lugar húmedo, se aspiraban olores añejos y fétidos, las paredes dibujaban rastros de sangre encostrada, y en una esquina brillando con todo su fulgor se encontraba la pieza que realizaría sus placenteros deseos: La Guillotine.
Cécile no podía ocultar su euforia, su voz cada vez más grave apuraba las instrucciones de su alteza serenísima. Madame Elle, sumergida en sus pensamientos –como casi siempre- ignoraba las súplicas constantes de su discípula al tiempo que desamarraba los nudos del sucio saco. Simone Cittlé abrió entonces los ojos, desorbitados, llenos de pánico. Elle –otra vez- soltó su estremecedora carcajada. Cécile no pudo hacer más que sonreír y aplaudir.
Amarrada al pilar de madera podrida, Simone miraba angustiosa los pálidos y asustados ojos de sus hijos y de Jeanne du Sovoir, quien no dejaba de toser frenéticamente. Cécile tarareaba una canción de amor al tiempo que lustraba una y otra vez la navaja de la guillotina que acabaría con la vida de cada uno de sus invitados.
¡Es la hora! – fueron las tres únicas palabras que denotaron la orden de Madame Elle.
Cécile dejó de cantar, cayó al suelo el trapo con el que intentaba hacer brillar cada vez más a la reflejante cuchilla. Deshizo con sumo cuidado los amarres dejando libres las pequeñas manitas de los niños quienes presurosos corrieron a cobijarse en la desgastada falda de su –ya tantas veces mencionada- robusta madre. Sabiendo de antemano el orden con el que Elle querría ver morir a tan molesta familia, llamó por su nombre a la más enferma de las hermanas. Jeanne du Sovoir tragó saliva, provocándole un nuevo y largo ataque de tos. Sus ojos, ventanas claras de su terror, se inundaron de agua salada y con diminutos pasos se acercó a Cécile. Madame Elle se interpuso entre las dos, la examinó de arriba abajo con esos enormes ojos verdes llenos de desprecio y le indicó la posición exacta donde se tendría que acomodar para perder la vida.
La canasta de mimbre estaba preparada, su negra cavidad parecía sonreír en espera de una nueva cabeza que recoger. Jeanne du Sovoir se dejó guiar mientras sus lágrimas escurrían por sus mejillas hasta llegar a su vestido dejando en él huellas cada vez más grandes. Hincada y con la cabeza apoyada en la curva para sostenerla, Jeanne cerró sus ojos y la imagen que haya dibujado en su mente, fue su última visión. El silbido veloz de la guillotina al correr se opacó al momento de detenerse al decapitar a la primera víctima. La cabeza cayó en la canasta y giró tres veces hasta quedar acomodada, boca arriba y con los ojos abiertos, aún con el miedo en sus pupilas. Madame Elle revisó su vestido sacudiéndoselo con un gesto de sus manos y con una mueca molesta de desaprobación, esperando no haberse salpicado. Por entre los nudos del mimbre empezó a escaparse la resplandeciente viscosidad de la sangre, creando divertidas formas en el piso de cemento hasta unirse todas ellas en una sola.
Los gritos ahogados de Simone Cittlé se combinaban con la espesa humedad del calabozo. Era el turno para cada uno de sus hijos. La parte más divertida estaba por venir.
Ocultos entre los faldones de Simone, el par de pequeños creían pasar desapercibidos ante los ojos de las malvadas mujeres. Cécile levantó bruscamente la falda y sacó a rastras a los niños. Nunca le habían gustado. Criaturas inútiles de la sociedad, pensaba. Simone batallaba con fuerzas entre las cuerdas que la fijaban a la pieza de madera. Sus manos goteaban sangre provocada por el roce con la soga. Los niños no cesaban de llorar. Ese calabozo era toda una fortaleza, nadie podría escucharlos, mucho menos rescatarlos.
El siguiente turno correspondía al niño, sus alaridos podrían haber paralizado a todo Paris. Lamentablemente este no era el caso. De una cachetada certera Cécile lo hizo caer al suelo y callar. Amarró rápidamente sus manos, lo depositó en el mismo lugar donde su tía acababa de experimentar la misma mala suerte. La última imagen en sus abultados ojos era la cabeza de Jeanne du Sovoir que lo miraba fijamente, dispuesta a recibirlo en su nuevo hogar. Los bramidos de Simone y su pequeña hija no fueron escuchados ni por Madame ni por Cécile.
Otra vez las gotas de sangre salpicaron los vestidos de las divertidas mujeres. En los malignos ojos de Madame se revelaba un cruel plan. Sin decir palabra jaló de la correa que sostenía la cuchilla ensangrentada y la rodeó entre los dedos de Simone sin amarrarla. Ésta sintió en sus manos el peso de la daga de la guillotina.
Madame Elle se quitó la peluca enmarañada, la puso en la tabla que hacía las veces de mesa, a lado del viejo candelabro. Se acercó a la pequeña niña, cogió su rostro con sus manos, quitó de su frente sudorosa los cabellos que le tapaban los ojos, se acercó más y le dio un beso en la frente. La tímida niña agachó la cabeza y comprendió. Esta vez no sería necesario amarrar sus manos, Elle y Cécile sostendrían cada una de ellas, la cuerda de la navaja estaba en manos de Simone Cittlé, ella sería su verdugo, ella sabía cuánto resistiría… finalmente en algún momento la tendría que soltar.
3 comentarios:
Si hubiera estudiado psicología -como siempre quise- siento que me iba a entretener aún más este cuento... pero me quedo con las ganas porque no lo estudié. Aun así hay muchas cosas interesantes, pero bueno...
Qué te puedo decir? I'm a little bit scared of you, or should I say "of Madame Elle and Cécile"?
Buena historia, aunque en definitiva no la contaría a mis niños, menos para antes de dormir! jejeje
Besos y abrazos guapa!
Palabra de verificación: Wines, mmm pero casi no tomo vino...
God... tu la inventaste?
Buena y sangrienta historia!
Besos.
Hola amiga!
Me metí a la página de la célebre Cherrylipz y felizmente me encontré uno de tus escritos, uno de mis favoritos. Me encanta porque es algo así como el primer capítulo de un buen libro que te engancha irremediablemente a los personajes y sus historias.
Supo Zeta alguna vez de tu blog?
Un abrazo, que suerte descubrirte.
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