¿Cómo la letra de una canción de La Oreja de Van Gogh puede dolerme tanto?
¡Qué ridícula soy!
Pero sí, no me hubiera importado que le vendiera su alma al diablo con tal de verla decir las cosas que yo necesitaba escuchar. Ni hablar, me perdió aunque aún no ha notado mi ausencia.
¿Por qué no puedo ser una mujer normal? La vida sería mucho más fácil de llevar.
Para empezar: ¿Por qué no me gustan los hombres? Podría tener una vida de revista: marido, hijos, casa, camioneta, perro y gato. Y de todo eso nomás tengo el gato. Porque ni a novia llego.
¿Por qué no me gusta mirar televisión? Sería fantástico aplacar a las neuronas de mi cerebro y dejar de estar todo el día pensando y pensando mientras me concentro solamente en un aburrido programa.
¿Por qué no soy adicta al Facebook? Apenas la semana pasada un amigo mío ya no pudo más con lo que él llamó: “mi retraso” en el mundo cibernético. Hoy soy miembro de FB pero aún no comprendo cómo se maneja.
Y como esas cosas, tampoco soy adicta al Messenger, ni al Wii, ni al Xbox ni a nada que enajene los sentidos. Ni siquiera soy adicta a las drogas.
Pero me encanta leer, escribir las estupideces que se me ocurren, tomarme un buen vino en agradable compañía, escuchar música, acariciar a mi gato y cocinar.
Ha de ser raro que si este espacio fue creado para vomitar todos mis alucines y la mayoría de ellos son en torno a Zeta, de pronto y mágicamente aparezcan más mujeres tales como mi ex-novia u otra de profundos ojos verdes que me intimida de tal manera que no puedo siquiera acercarme a ella, como tema de mis textos. Pero esa es la ventaja de que este blog sea mío y de más nadie: soy yo quien manda y decide de quién se escribe y quién no se puede mencionar.
Pero leyendo el comentario que me dejó alguien llamada Amara –a quien no pude identificar pues no tiene un blog activado- me imagino que le pareció extraño darse cuenta que Zeta dejó de ser tema. Y sí, Zeta dejó de ser tema tanto en mis letras, como en mis pensamientos, pero aún no sé si en mis sentimientos.
En un post pasado mencioné algo así: de tanto que me duele, ya no me duele. Creo que sigo en el mismo punto, con la diferencia que en estos ocho meses de su ausencia me he dado cuenta que lo que verdaderamente me tiene herida es mi ego. Ni yo misma entiendo cómo procede mi comportamiento, cómo hago para –verdaderamente- dejar de pensar en ella, para no extrañarla en mi vida, en mi espacio, en mi casa, en mi cama; cómo hago para no ver su cara en mis noches de calentura mientras me masturbo. No sé. Pero lo que sí sé es que estoy mucho mejor sin ella y esa sensación de tranquilidad no tiene precio.
¿Dónde quedó Zeta? Esta es la pregunta de Amara, y no sé qué responder. Zeta está en Ciudad de México, viviendo con su mujer con la que aparentemente –por fin y por vez primera- mantiene una relación estable; trabajando para una revista, viviendo la vida que le gusta.
En mi vida no sé dónde quedó, creo que ya pasé por todas las facetas posibles: dolor, humillación, enojo, rencor, hasta llegar a la indiferencia. Una indiferencia real, no hay escondido entre mis más profundos secretos alguna llama de esperanza para verla regresar. Se llevó con ella todo el amor que le ofrecí, no me dejó nada para aferrarme a su recuerdo, me dejó vacía y sin saberlo, fue lo mejor que pudo hacer por mí.
Hoy por hoy no estoy enamorada de nadie, ni de Zeta –increíble-; ni de la otra que sigue siendo la luz de mis ojos y aún posee cierta injerencia en mí; ni de aquella que tiene un par de esmeraldas por mirada y me roba el aliento y aniquila mi entereza.
Amara querida, lamento de verdad no poder responderte dónde quedó Zeta, porque por más que la busco, no la encuentro dentro de mí…