Las voces subieron de tono. Simplemente no había manera de ponerse de acuerdo, siempre fueron agua y aceite, imposible de mezclar. En su cabeza sólo había un pensamiento: bajarse del coche y salir de esa escena tan desagradable y tantas veces vivida.
Ya ni siquiera escuchaba las palabras ofensivas de las que era protagonista. Miraba fijamente cada luz verde de los semáforos esperando que el siguiente cambiara de color. Y así fue, sin pensarlo se aferró la bolsa al hombro, se quitó el cinto de seguridad y abrió violentamente la puerta del coche, una mano ajena quiso detenerla acompañada de más gritos e insultos.
Eran las tres y media de la mañana, el cuerpo intoxicado de alcohol, el aire frío cortando su rostro y ella sola devorando velozmente las diez cuadras que la separaban de su casa. No sintió miedo, no sintió pena por ella misma, sólo sonrió.
Se desnudó, se metió a su cama y hasta entonces decidió leer el mensaje que había recibido. Tampoco le importó, otra vez sonrió y se durmió.
¡Pinches neuronas madreadas! ¿Quién las invitó a las muy malditas a vivir en mi cerebro? Pareciera que entre más deseo yo convertirme en un ser no pensante, ellas más se divierten bailando y platicando como si estuvieran celebrando no-sé-qué en una amenísima fiesta lounge mientras se beben sus martinis de sabores. Ruido, es todo lo que ellas saben hacer. ¡Las odio!
Es mi primer día de la semana que estoy sola. Casi siempre hay gente en esta casa: entrando, saliendo, haciendo movimiento. Hoy, afortunadamente, no.
Se oyea lo lejos el ruido del tren, me fascina el ruido del tren, son de esos íntimos secretos que conocen muy pocas personas. Me reconforta, me hace sonreír. He llegado a estacionarme sola, algunas pocas ocasiones, a lado de la vía del tren sólo para verlo y escucharlo pasar. Sin embargo hay un ruido que opaca su silbido en este momento y que incluso me gusta más pero me llena de nostalgias: la lluvia. Están cayendo grandes gotas que revientan en el techo de mi terraza y magnifican su sonido. Tengo la ventaja de poder sentarme en el quicio –alfombrado- de la puerta de mi cuarto, abierta y ver tan romántico espectáculo. Y tan triste.
No hay nada más triste que el olor a tierra mojada, el silbido de un viejo tren de carga, las hojas de los árboles moviéndose a merced del viento, truenos agrietando el cielo, una torrencial lluvia, y uno sola. Me acompaña sólo mi cigarro y el humo que arrojo de mis bocanadas forma divertidas figuras mientras revolotea entre las gotas de lluvia, como si intencionalmente quisiera acercarse a ellas. El eco de los granizos se confunde con mi corazón acelerado.
Agradezco infinitamente estar disfrutando este primer aguacero del año, sola. Sin el barullo de las risas, las voces, las botellas chocando al brindar, como cada noche en este lugar. Hubiese querido que este año –por fin- recibiera las lluvias de mayo acompañada de alguien especial. Otro de mis íntimos secretos.
Eso me pasa –dicen- por ser tan exigente, por no abrirle la puerta a cualquiera, por darle a mis labios un valor tan elevado que prefiero que no sean besados, por no permitir que nadie toque mi cuerpo para robarme una caricia intencional. Soy mi templo, soy mi dueña, y aunque en momentos como hoy quisiera que me hiciera suya cualquiera que me deseara, no puedo, no puedo.
Me adormece el ruido de la lluvia golpeando el asfalto, mezclándose con los hielitos traviesos, mientras el cielo se queja una y otra vez con gritos cada vez más fuertes. Extraño no extrañar. Me duele que no me duela. Siento tanto no sentir. Al menos aún puedo llorar.
¿Cómo la letra de una canción de La Oreja de Van Gogh puede dolerme tanto?
¡Qué ridícula soy!
Pero sí, no me hubiera importado que le vendiera su alma al diablo con tal de verla decir las cosas que yo necesitaba escuchar. Ni hablar, me perdió aunque aún no ha notado mi ausencia.