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Estoy enojada y no sé por qué. Algo me está estorbando pero por más que busco entre mis pensamientos no sé qué es. Es una sensación que me persigue a cada lugar que voy. Me hostiga, me incomoda, me inquieta. Volteo a todos lados a ver si hay algún indicador que me haga caer en cuenta de qué me está pasando.
Como puedo trato de escapar de “eso” y tengo subidones de estado de ánimo que me hacen ser contenta y sonriente, pero al final del día esa presencia se instala en el lado vacío de mi cama y duerme conmigo. Es una voz que me dice que no puedo pretender ser autónoma siempre, que necesito relajarme, soltar el cuerpo y darme una oportunidad de darle una oportunidad a alguien.
Empiezo a creer que es la puta Soledad que ya está cansada de acompañarme durante dos años, viéndome convertirme en una mujer cada vez más fría, menos sensible, apática y sociópata. El problema –para ella- es que no puede irse y dejarme así como si nada, en nuestro contrato acordamos que no se iría hasta que llegara alguien que me hiciera sentir mejor que ella, y esa persona aún no ha llegado, aunque he de confesar, que tampoco la he buscado.
Estoy escribiendo puras pendejadas. ¡Ya-lo-sé!




