miércoles, 22 de octubre de 2008

Quédate

corbis
Hoy me levanté con otra mentalidad, como si yo no fuera yo y mi cuerpo hubiera sido invadido –pero no violentado- por alguien más, alguien más chingón que yo, alguien con más sentido común –o no necesariamente sentido común- pero definitivamente alguien con más dignidad, pundonor, orgullo y amor propio. Alguien que se mira al espejo y se encuentra guapa, interesante, con las marcas propias de una edad que ya no puede negar, a punto de cumplir un año más, tirándole a los cuarenta; alguien que observa su cuerpo sin miedo de reconocer marcas que sólo reflejan la vivencia de las experiencias.

Me gustó encontrar a ese alguien dentro de mí hoy que abrí los ojos, me gustó no reconocer a la personita que ha atentado contra mi integridad, haciéndome perder mi autoestima, lastimando mi valía, minimizando mis talentos y anulando mis bondades.

Qué placer desmesurado entregarle a cada quien su puñado de responsabilidades, no cargar culpas, dejar que cada cual se lleve todo eso que es sólo suyo, que yo siempre cargué y que nunca ha sido mío. Quiero que esa persona que hoy está dentro de mi se quede a vivir conmigo. No quiero cuestionar cómo dio conmigo, ni quiero que se sienta presionada y se marche.

Ojala que mañana que me mire al espejo, siga aquí.

domingo, 19 de octubre de 2008

No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió

me lo robé de google, sorry.

Claro, no es frase salida de mi inventiva. Agradezco a la vida que existan poetas tan alcance de mi mano para poder -de vez en vez- robarles sus creaciones. En este caso Joaquín Sabina me hace sentir que me volteó a ver, miró en mis ojos mi infinita y permanente desolación y decidió escribir una canción en honor a mí. ¡Qué suerte la mía!

Una noche me preguntó Abdel:

-¿Cuántas veces ha regresado Zeta a tu vida?

Me quedé pensando, alcé los ojos al techo mientras me bebía unos helados tragos de su caguama.

-Ninguna. Porque para regresar tienes que haberte ido una vez. Nada más una. Y si te vas, te vas y ya no vuelves. Así que Zeta nunca se ha ido y nunca ha regresado.

Está pero no está, es constante y no variable, pero no es presencial. Revuelvo mis pensamientos, me perdí en los recuerdos, o en los que creo que lo son; ya no sé bien si son reales o yo lo inventé. Me paso las horas pensando, ya no sufro, ya no lloro, ya no me angustio, ya no me quita el sueño, sin embargo no puedo dejar de pensar. Y añorar, añorar lo que nunca jamás sucedió: mi cuento de hadas en el que por fin ella decide quedarse, en donde por fin ella descubre que este es el lugar al que pertenece y por elección propia se estaciona y por fin echa raíces. Mi postal de vida, juntas compartiendo espacio, la cama y el tiempo. Juntas reconciliándonos con el pasado y forjando el camino para la dura convivencia diaria.

Pero no, eso no sucede, se asemeja en ocasiones, se me hincha el corazón de creer que esta vez sí será posible, pero no, al final la vida se vuelve a reír de mí señalándome con su dedo burlón, diciéndome que no, que ella no es para mí.

Y bien, entonces ¿Para qué sirve el coeficiente intelectual?, ¿acaso sólo para cultivarnos?, ¿para adquirir conocimientos generales de la vida y la historia que nos permitan establecer conversaciones interesantes con los demás?, ¿para qué sirve una licenciatura, una maestría, dominar dos idiomas además del natural, recorrer parte del mundo?, ¿en qué momento esos conocimientos crean un vínculo con las emociones?, ¡lástima caray! No existe instrucción académica forzosa –como las matemáticas, el español, la historia universal- para aprender a manejar con congruencia las emociones. Entonces, a + b = c, es decir, de nada sirve ser un erudito si no somos capaces de establecer relaciones –valga la redundancia- estables.

Y así me pasa con Zeta: toda ella tan culta, tan viajada, tan leída, hablando inglés y cantando en francés; con una impresionante comprensión de cuánto tópico se le cruce en frente, conocedora de la buena música, la buena comida, los buenos autores; rodeada de personajes maravillosos, todos ellos llenos de arte, conocimiento –que no sabiduría, cabe señalar- y siempre manteniendo conversaciones adultas tras una copa de vino tinto, con un tango de fondo. ¡Qué bonito todo! Pero ¿y el amor? Guardado, me imagino. No practicado. Y me quiebro una y otra vez la cabeza pensando: ¿y lo único que sabe hacer es huir ante la primera diferencia? ¡No me mames la corneta!, ¿dónde están todos los conocimientos adquiridos?, ¿para qué sirven? Para nada, para sentarme a escuchar la letra de Joaquín Sabina en voz de Adriana Varela, mientras me fumo 27 cigarros seguidos y me bebo unos pocos jaiboles.

Sentados en corro merendábamos, besos y porros
Y las horas pasaban deprisa entre el humo y la risa.
Te morías por volver con la frente marchita cantaba Gardel
Y entre citas de Borges Evita bailaba con Freud,
Ya llovió desde aquel chaparrón hasta hoy.

Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Carricoches de miga de pan, soldaditos de lata.
Con agüita de el mar andaluz quise yo enamorarte
Pero tú no querías más amor que el de río de la plata.

Duró la tormenta hasta entrados los años ochenta
Luego el sol fue secando la ropa de la vieja Europa.
No hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió
Mándame una postal de San Telmo, adiós cuídate
Y sonó entre tú y yo el silbato del tren.

Iba cada domingo a tu puesto del rastro a comprarte
Monigotes de miga de pan, caballitos de lata.
Con agüita del mar andaluz quise yo enamorarte
Pero tú no querías más amor que el de río de la plata.

Aquellas banderas de la patria de la primavera
A decirme que existe el olvido esta noche han venido
Te sentaba tan bien, esa boina calada al estilo del Ché
Buenos Aires es como contabas, hoy fui a pasear
Y al llegar a la Plaza de Mayo me dio por llorar
Y me puse a gritar ¿dónde estás?

Y no volví más a tu puesto del rastro a comprarte
Corazones de miga de pan, sombreritos de lata.
Y ya nadie me escribe diciendo no consigo olvidarte
Ojalá que estuvieras conmigo en el río de la plata
Y no volví más a tu puesto del rastro a comprarte
Corazones de miga de pan, sombreritos de lata.

Con la frente marchita. Voz:Adriana Varela. Letra: Joaquín Sabina


viernes, 17 de octubre de 2008

Tendría que llorar o salir a matar

“no hay nostalgia peor que añorar lo que nunca jamás sucedió”
joaquín sabina

Hace ocho días me senté enfrente del mismo monitor donde estoy ahora y redacté un texto sobre la lista interminable de “las Veros” de la vida de Zeta. Zeta, esa mujer que me revoluciona, que domina mis acciones, que acrecienta mis deseos. La misma que me hace ver lo anormal como normal. Aquella que me ha hecho “comprender” que en la vida se puede practicar la infidelidad –que al mismo tiempo no es infidelidad porque no mantenemos una relación formal-; el poli-amor -¿qué le hace andar con dos personas al mismo tiempo si todos participan?-; y que además me repite en cada oportunidad que se le presenta, que yo soy la única constante de su vida. ¡Vaya privilegio!

Pues en ocho días ya cambió de ejemplar, la última “Vero de su vida” ya no se llama Vero, ya tiene otro nombre. Y el nombre –obviamente- es lo de menos.
No sé cómo hago para no llorar, no sé como hago para no permitir que esto me doble. O tal vez sí lo sé, no puedo quebrarme ante una acción tan ruin, que –además- yo he permitido que suceda cada uno de los ocho años que me he mantenido a su lado. No puedo ser más estúpida sólo porque no soy más grande y más gorda. Si tuviera más masa corporal seguramente mi estupidez aumentaría en volumen.

Me siento de la verga, pero eso nadie lo va a saber.

jueves, 16 de octubre de 2008

Sin título # 1

corbis
Así me siento hoy: chiquita, asustada y con el alma dolida.

miércoles, 15 de octubre de 2008

Ociosa reflexión: el reciclaje lésbico

corbis, mi cleptomanía perenne

Es muy característico en el ambiente lésbico eso de andar con la ex novia de la mejor amiga de la mejor amiga de la ex novia de la novia de la ex amiga. Toda una madeja enredada.
Ahora resulta que Lulia, una de mis ex novias –la última formal porque Zeta no cuenta- anda de novia con la mejor amiga de una de sus ex novias con la que anduvo en un ínter en el que se enfadó de mí y corrió a ver si le iba mejor. Probó, se arrepintió y regresó. Y como dato curioso, la nueva novia de Lulia cumple años el mismo día del mismo mes que yo, aunque con vario año de diferencia, eso sí. No podrá no recordarme. ¡Qué risa que me da! Y así empieza la maraña tipo The L Word donde todas hemos andado con todas.

Lulia era –hace tres años- una jovencísima mujercita, de lindos ojos, piel blanca como la porcelana, una boca rosa, y nariz aguileña. El amor imposible de la hermana de Zeta –el perenne amor de mi vida- aunque aún Lulia no sabía bien qué era lo que sentía por las mujeres, hasta que descubrió que los ojos se le iban tras de mí cada vez que yo andaba por ahí. Y así, dejé yo a Elsa -quien en ese momento era mi novia aún cuando nunca dejé de mantener una relación con Zeta- y me fui tras la fresca piel de Lulia que no dejaba de seducirme. La hermana de Zeta me odió por no hacerme a un lado sabiendo de antemano que ella moría por Lulia. Zeta se sorprendió cuando le pedí licencia indefinida para ausentarme de nuestra extraña relación, pero como siempre, me respetó y se mantuvo al margen hasta que Lulia partió definitivamente de mi vida. Elsa se desbordó en rabia, escupió veneno y de la mano de la hermana de Zeta –a quien aún no le encuentro un buen alias- armaron una gran telaraña de chismes y obstáculos para que mi nueva relación no funcionara. Lo que no sabían ellas es que mi relación no iba a funcionar y no por ellas, sino porque no había futuro por donde se le viera. Fue tal su complicidad que el resultado fue obvio: cama y noviazgo. Así que en el fondo le hicimos un gran favor a Elsa y a la hermana de Zeta: curaron sus amores por nosotras y aún mantienen su relación amatoria aunque sigamos sin ser bienvenidas a sus vidas. Lulia volteó sus ojos a la mejor amiga de su ex novia y yo me regresé, como siempre y cada vez- a los hermosos y dorados brazos de mi princesa de mi cuento infinito: Zeta.


martes, 14 de octubre de 2008

Ficticia realidad

foto robada de corbis, cleptómana yo

Ayer tuve mi segunda sesión con Carmen, mi terapeuta. La verdad que me fue muy bien, toda ella me viene bien, maneja el humor negro, el sarcasmo y la ironía al mismo nivel que yo, así que la hora de terapia se traduce en hartas risas, chistes y uno que otro putazo en mi fragilísima persona ¡ja!

Hablamos de las ilusiones y los fantasmas. Según Carmen, o más bien, según el empujoncito que me dio, caí en cuenta que mi más grande temor no es perder a Zeta –ya que he estado acostumbrada a estar largos períodos sin ella- sino a perder la ilusión. ¿Cuál ilusión? La de creer que un día mágicamente ella va a cambiar, se va a ajustar a mis necesidades, se desbaratará de amor, atención y detalles hacia mi; por fin crearemos una postal de vida como esas imágenes de las revistas caras, rodeadas de plantas, perros, gatos, canarios, una sala mullida y cálida, una terraza confortable frecuentada por amistades comunes y una gran cocina donde podré saciar mis talentos culinarios. Pero sobre todo, esa ilusión donde ella no tendrá ojos para más mujeres, ser puta dejará de ser su deporte favorito, no será necesario inflar su ego a través de las palabras y curvas de otro puñado de mujeres; mis palabras, halagos, atenciones serán suficientes y seremos felices, tan felices para siempre.
Ese es mi verdadero temor, aterrizarme en la realidad, dejar de vivir en la ilusión, donde tal vez un día me recrimine no haberla esperado más tiempo. Y es en ese preciso momento donde los fantasmas se hacen presentes.

-¿Cuál es el significado de fantasma? –le pregunté a Carmen.
- Es algo que no existe, pero que asusta.

¡Verga! Y según parece yo estoy llena de ellos. Muchos tal vez ni existen, ni son míos, me los he ido apropiando de los adjetivos calificativos con los que la gente me ha ido catalogando; otros tantos los he recogido en el camino nomás por samaritana y altruista. Sin embargo todos ellos me atemorizan, me angustian y me escondo detrás de la realidad.

-¿Has pensado que tal vez la realidad no duela?
-No entiendo, Carmen.
-¿Has pensado alguna vez que la realidad sólo es?
-¿Sólo es qué?
-Sólo es. No tiene que doler, ni ser trágica. Tienes miedo de enfrentar tu realidad y tal vez sea menos dolorosa de lo que piensas. Tus ilusiones y tus fantasmas compiten, nunca ganan y ambos están fuera de tu realidad.

¡Verga, otra vez! Me la he pasado creándome una ficticia realidad –frase que Carmen disfrutó tanto y se rió hasta más no poder hasta declararme loca textualmente-.

Me he comprado y me he vendido mis historias a mi gusto, me acostumbré a colgarme adjetivos calificativos de las apreciaciones que los demás tienen de mí y decidí que era más fácil culparme, recriminarme, regañarme y castigarme. Pero un buen día me sentí agotada, me cansé del lastre del saco de piedritas que arrastro día a día, perdí los poderes de wonder woman y entendí que lo único que quiero es serenidad. No es necesario que el corazón se acelere a mil por hora por su ausencia, no es necesario que me angustie por no recibir su llamada, no es sano que llore noche tras noche esperando su regreso. Crecer y conectarme conmigo misma. Satisfacer mis propias necesidades. Entender, por fin, que nuestro crecimiento emocional es indirectamente proporcional a nuestro amor. Hoy no embonamos. De mañana, no quiero pensar.

lunes, 13 de octubre de 2008

Las capacidades según Carolina ó por mi culpa, por mi culpa, por mi grande culpa…

El Grito, Edvard Munch


El viernes pasado me contactó Karlísima para invitarme unos tragos, y como es normal en mí, mi primera respuesta fue ¡no! hasta que ella decidió que no era invitación sino decreto.

Cabe señalar que no me gusta manejar, así que casi siempre una de mis amabilísimas amistades se desvía uno poco de su camino para pasar por mí. El viernes le tocó a Carolina. Carolina es una mujer guapa, atractiva, andrógina, rubita natural de ojos de aceituna, exuberante, frondosa. Todo un ejemplar a la belleza lésbica.
Pero Carolina está loca, como estamos locas todas. Pero ella está más. Además es cínica, magnética y puta. Tan puta como todas, pero ella más. ¡Los dolores de cabeza que le hace padecer a su novia!, ¡Dios bendito!, pero bueno, ese sería otro post.

Nos enfilamos sobre Avenida Hidalgo, las calles de asfalto húmedas por la reciente llovizna, yo en el asiento trasero, platicando con las dos: Carolina y Abdel, ambas dirigiéndose a mí y yo haciendo como que no noto la tensión que se respira en el ambiente del pequeño Atos blanco con publicidad –de no sé qué- mientras una extraña música que no conozco suena por encima de mi voz.

La cantina nos recibe abriéndonos las puertas de par en par, aunque malamente no alcanzamos área de fumar. Una cerveza, dos cervezas y llega Karlísima con su mini-novia y un séquito de mujeres desconocidas por mí. Pero ni modo, me hace falta nicotina y la siempre atenta y caballerosa Carolina me acompaña a fumar. Nos acomodamos en una pequeña mesita, cinco metros retirada de la nuestra, y mientras un mariachi le entona “las mañanitas” a un desconocido, Carolina me prende el cigarro.
Me encanta su cinismo y el brillo que explota de sus ojos. Entre un sorbo y otro la cuestiono sobre cuál es la más reciente putería que ha provocado que Abdel esté molesta en este momento con ella.

- ¿Ahora qué hiciste Carolina?
- Nada Lía, sólo me fui de fiesta, pero llegué a las 7 de la mañana –me lo dice mientras sonríe maquiavélicamente-.
- ¡Pues tiene toda la razón para estar molesta!
- Pues sí y no, ella ya sabe cómo soy y dónde estoy.
- Esa no es justificación Carolina, eso es abuso.

Se queda pensativa, dos bocanadas de humo, voltea, me analiza con el verde de su mirar y me dice:

- Es cuestión de capacidades, Lía.
- ¿O sea, cómo?
- Sí, sí, ustedes son mujeres con capacidades distintas a las nuestras.
- Sigo sin entenderte Carolina.
- Mira Lía, Zeta y yo somos mujeres libres, que hacemos lo que nos gusta hacer y ustedes son mujeres con capacidades para tolerar y lidiar con eso.

Me quedé pasmada, el estruendo del mariachi dejó de molestarme, las risas ahogadas y lejanas de las otras mesas se silenciaron –o al menos en mi mente- y me di cuenta que Carolina tenía toda la razón.
Adivina mi pensamiento y prosigue:

- Sí Lía, entiende, todo es cuestión de capacidad. Cada quien aguanta lo que quiere y puede, ahí radica la capacidad.
- ¿Y si fuera ella quien te aplica el mismo juego que juegas?
- No, eso no sucedería, no es opción.
- ¿Cómo que no?
- Yo no soy capaz de tolerar que ella hiciera esto… son capacidades Lía, entiende.

Intento meterme en sus pensamientos, la reto con mi mirada y ella sonríe, cínica y seductoramente.

- Eres una descarada, Carolina.
- ¡No lo soy, Lía!, simplemente ni siquiera podría enamorarme de una mujer que haga las cosas que yo hago. Ni siquiera la voltearía a ver.
- ¡Eres una abusiva!

Se ríe y se sabe guapa. Yo sé que ella lo sabe.

Se consumen nuestros cigarros, regresamos a la mesa a convivir con la variedad de mujeres que ahí están. Más tarde regreso a mi casa, me preparo un “jaibol” en mi soledad para que me de sueño y para meditar sobre la peculiar charla con Carolina. Un vaso me lleva al otro, cuando me siento mareada descubro que son las cuatro de la mañana, me fumé 12 cigarros y me tomé media botella de JB. Callo la voz de Liliana Felipe que sale de las bocinas, quedándome solamente con la mía que retumba en mi cabeza repitiendo dos nombres: Carolina, Zeta, Zeta, Carolina.

Intento no pensar, no volver a vivir esas historias, son muchas, son tantas. Pero no puedo y se me viene a la mente un viejo recuerdo con Zeta:

Estoy molesta conmigo, con la debilidad que tu presencia me provoca. No eres culpable, ni responsable, mea culpa.
¿Porqué no puedo decirte que no?, ¿porqué no puedes pedirme las cosas como son?, ¿porqué tiene que ser todo tan disfrazado?
A las diez de las noche yo medio borracha, saliendo de un arrabal de esos de mala muerte que me encantan. Con unas ganas inmensas de verte, sin noticias tuyas, echándole un ojo cada tres minutos al teléfono celular a ver si llamas: nada. Seguro divirtiéndote como te gusta, y yo no entro en tus pensamientos. Ya en mi cama me atrevo a mandarte un mensaje de texto diciéndote: “¡cómo pienso en ti!” Tu respuesta tan seca como siempre: “gracias nena, te quiero”. Cierro los ojos y me quedo dormida con mis venas llenas de alcohol y de coraje.

De pronto, dos horas después, suena mi móvil: tú. Que estás en el Primer Piso, que estás pensando en mí, que me quieres. Se escucha el piano, el ruido de la gente, se dibuja en mi mente un buen ambiente. Seguro no anda María por ahí. En cuanto aparece cambias tu tono: “bueno, un beso, adiós”. Me quedo encabronada, tan encabronada como estoy ahora. Doy vueltas por la cama, no puedo ya dormir, ¡y tan a gusto que estaba dormida, chingada madre! Te miento la madre en mis pensamientos, ¿para qué me inquietas? me remuevo en la cama como baboso con sal, me levanto, rebusco en mi bolsa hasta que las encuentro: las gotas del sueño feliz, mis mejores amigas en estos últimos días. Drogarme se ha vuelto un buen hábito. Y así estoy, esperando que el fármaco haga efecto, que me venza el cansancio, que se me cruce con la cerveza y caiga en un sueño profundo. ¡Por Dios ya quiero dormir! Pertenezco al gremio de los asalariados y tengo un horario de oficina que cumplir. Además debería estar con la mente en otro lado, acabo de terminar hace cincuenta días una relación de dos años con alguien más y debería ser ella quien ocupe mis pensamientos y hasta las mentadas de madre, no tú.

Otra vez suena el celular, ya no hay ruido, estás en el baño del bar -casi te puedo ver-aprovechando el momento para llamarme y que nadie –o sea, María- se de cuenta. Que quieres verme, que quieres cariño, que quieres dormir conmigo. Y yo no sé decir no. A ti menos que a ninguna:

- ¿A que hora vienes?
- No sé, cuando salga de aquí.

“Qué huevos”, pienso yo mientras termina la llamada. Me hago bolita en mi cama, me recrimino por aceptarte cada vez que tú quieres, pero no puedo negarme, no puedo. Y además no quiero. Otra hora, la droga me marea, entro en sopor. Suena por tercera vez mi celular. Que ya vienes, que estás en Marsella y Vallarta. “Ok, voy abriéndote, marca cuando estés afuera para abrirte la reja” es lo único que atino a decir. Me levanto con calma, busco las llaves sin prisa, empiezo a abrir el cerrojo del piso y el de la puerta. Y veo tu silueta llegar a través de la cortina de la sala. No pasó ni un minuto, viniste volando.

Entras en silencio, sonriendo pícaramente, como una sombra te metes al baño, te aseas, luego entro yo, voy por agua, regreso a ofrecerte una camiseta y tú ya estas metida, semi desnuda, en mi cama. Me haces señas presurosas de que ya me acueste. Apenas lo hago y ya estas encima de mi, metiéndome la lengua -sabor a vino tinto- en la boca, jadeante, besándome con esa prisa salida de no sé dónde. Estás caliente, hirviendo -literalmente- quieres sexo, quieres atascarte de mí, dices. No sabes por dónde empezar, lo quieres todo y todo al mismo tiempo. Tocarme, que te toque, que te chupe, que te coja, que me cojas. Estas encabronada, te quieres venir, quieres sentir, y tienes no sé cuántas copas encima. No sé si bendecir al vino tinto por hacerte venir a mí u odiarlo por alejarte de mí para disfrutarlo siempre con María. Y María no tiene la culpa de nada.

Complazco tus deseos. Estas tan cansada. Logro acostarte y hacerte dormir, me acuesto en tu pecho, acaricio tu cabello de luna, me abrazo a tu cuerpo como si fuera una extensión del mío. Son las cuatro de la mañana. Estás dormida. Y yo pensando: ¿Cuándo te vas a aplacar y quedarte aquí?

Ya lo sé. Nunca.

Definitivamente Carolina tiene razón, es cuestión de capacidades. ¿Soy incapaz de ser capaz? O ¿soy capaz de ser incapaz?, ¿será acaso que me auto-saboteo y anulo mis capacidades para convertirlas en incapacidades? No lo sé, pero lo que sí sé –de cierto, no lo supongo- es que efectivamente Carolina tiene toda la boca llena de razón: establecer relaciones es cuestión de capacidades.